El camino del héroe: en la caverna. La revolución madurescente: Capítulo 7

Plomo en el ala


Fotógrafo: Mikael Sundberg

Esto no va de esperar a que pase la tormenta. Se trata de aprender a bailar bajo la lluvia.

Ya en el avión de vuelta a Barcelona, Dafne sabe que algo no marcha bien. Es un malestar impreciso, una punzada en la boca del estómago, un flaquear de piernas y brazos que hace que llegue al lavabo del avión tambaleante y con un amago de nausea.

Será jet-lag piensa, en casa se me pasa. Pero no se pasa. Al llegar a casa el malestar arrecia. Dafne no duerme, apenas come y siente que pierde fuerzas por momentos, un dolor impreciso en el vientre... Y se disparan sus fantasías y rebotan en su cabeza feas enfermedades malditas... Dafne odia ir al médico y en sus más de 25 años de trabajo jamás se puso de baja aunque tuviera fiebre o lloriqueara y moqueara sin descanso. Las mujeres de mi generación, se dice a sí misma, no se detienen por una gripe o por una indigestión. Pero una vocecita le recuerda que su suegra murió a consecuencia de una hepatitis no detectada, ese cansancio permanente..., cosas de mujeres, decían los médicos, y su suegra deambulaba casi sin fuerzas por la casa limpiando el polvo, haciendo las camas, preparando la comida, siempre con un suspiro en los labios, siempre amargada, siempre sufriendo en silencio. Hasta que la cosa no tuvo remedio.




Escucha a tu ser. Te está dando pistas constantemente; es una diminuta y sutil voz. No te grita, es cierto. Si estás en silencio empezarás a sentir cómo eres. Sé la persona que eres. No intentes ser otra persona distinta y te convertirás en una persona madura. La madurez es aceptar la responsabilidad de ser uno mismo, cueste lo que cueste. Arriesgar todo con tal de ser uno mismo, en eso consiste la madurez. 

Dafne se arrastra hasta el ambulatorio de la Seguridad Social que tiene cerca de su casa. Es la primera vez que entra, mientras trabajó, su médico era el de la mutua a la que estaba afiliada desde su empresa, nunca ha utilizado la sanidad pública. Le sorprende la modernidad y la limpieza de la consulta. Imaginaba un espacio cutre y deprimente, pero es alegre y huele a desinfectante.

Dafne lleva siempre una libreta en su bolso. Anota todo lo que ve, todo lo que oye, todo lo que se le ocurre en los lugares más insospechados, no sea que se le olvide. Le han recomendado descargar Evernote en su smartphone, pero ella prefiere las libretas con goma, Moleskine a ser posible, que le proporcionan esa maravillosa sensación de estar escribiendo en un cuaderno de campo en plena observación antropológica, explorando mundos ignotos en un viaje permanente.



Y aunque cada día "lo digital" invade su cotidianeidad, procura mantener hermosas costumbres del siglo XX como la de llevar un diario, una bitácora de su travesía por mares hasta hace poco sólo domésticos y desde hace unos meses, procelosos mares desconocidos. Su amiga Rosa le insiste en que escriba un blog y le dé difusión a través de facebook o twitter, a ver si así se hace famosa, pero ella se aferra a su Moleskine negra y en los días especialmente intensos, desenfunda su Montblanc, esa que le regaló su padre el día que acabó la carrera, y siente el placer casi sexual de sentir deslizarse la plumilla de oro sobre el áspero papel.

En la consulta del médico anota escrupulosamente el aspecto de la gente que le rodea. Todo gente de edad, excepto una pareja con marcado acento latinoamericano dando de comer un potito a un precioso niño de cara triste. Dos hombres de la edad de Dafne tienen la mirada perdida y rehúyen mirar a los ojos, una mujer trajeada y maquillada en exceso consulta su teléfono móvil continuamente, como si esperara una llamada que no se produce, dos mujeres más cuchichean, ríen y se sorprenden alternativamente, y si Dafne se fuerza para entenderlas, deduce que están despellejando a una amiga común... Junto a Dafne un anciano con ganas de cháchara: Esta doctora es estupenda, le dice de sopetón, yo vengo aquí cada semana por lo de las recetas y hace unos meses se jubiló el doctor Rodríguez y esta chica que lo sustituye es muy lista y muy seria. 

Se abre la puerta de la consulta y por fin le toca a Dafne. La verdad es que le suena la cara de esta nueva doctora, pero... ¿de qué?

No tiene que rebuscar mucho en sus recuerdos, la doctora Suárez se lanza a sus brazos... ¡Dafne, Dafne Rodríguez, del colegio!¿no me recuerdas?

No, no se acuerda... Es difícil reconocer bajo este pelo gris y esos kilos de más a ninguna de las niñas con las que compartió 13 años de su vida en las monjas, pero finalmente algo se conecta en su cerebro... Montse Suárez, los primeros cigarrillos en los lavabos..., las primeras confidencias, Montse contó al grupito de íntimas que era adoptada, recuerda perfectamente el impacto que le produjo la noticia.


Después de auscultarla de arriba a abajo, Montse prescribe un análisis de sangre y uno de orina. Parece una infección urinaria, típica de la menopausia, pero quiero confirmarlo. Mientras, te tomas esto, y le extiende una receta, y ahora, si no te importa esperar quince minutos, nos vamos a tomar algo y a contarnos los más de 30 años que hace que no nos vemos.

Y media hora después se sientan en la terracita de un bar próximo al ambulatorio. Montse no para de hablar, parece que lo necesita, parece muy sola.

Pero pronto la conversación sobre "qué ha sido de fulanita..." empieza a girar rápidamente y Montse cuenta:

¿Te acuerdas de Lorenzo? Sí, mujer, uno de los chicos más guapos del cole de chicos de enfrente del nuestro, el que hacía esgrima..., me casé con él. Todo un triunfador. Empezó vendiendo televisores y al poco tiempo ya tenía una cadena de electrodomésticos en toda Cataluña, después Andalucía, Madrid... Compramos un ático en Sarrià, una masía cerca de Ventalló, cambiábamos nuestros dos coches cada dos años. No tuvimos hijos. Yo no quise saber si por mi culpa o por la suya. Vivíamos a todo tren, aunque eso sí, trabajando sin parar. Yo monté una consulta privada de ginecología, mi especialidad y atendía a mis pacientes en la Clínica de la Sagrada Familia. 

Lorenzo era brillante, divertido, un poco agresivo, pero eso aumentaba su encanto. Se asoció con Fernando, también de su colegio y durante un tiempo todo fue sobre ruedas. En el año 94 Fernando se fue a Brasil dejando una deuda en la empresa de más de 150 millones de pesetas. Lorenzo aguantó como pudo y finalmente la empresa tuvo que cerrar en 1998.

Perdimos el piso y la masía que se fueron en tapar la deuda y nos fuimos de alquiler a un pequeño apartamento de la calle Calabria. Y Lorenzo empezó a beber. Bebía con la misma pasión con la que antes llevaba su negocio... Era el rey de todas las fiestas y no se perdía ni un sólo partido del Barça en el bar de la esquina. Al principio sus borracheras eran sordas, melancólicas, pero pronto se convirtieron en agresivas, ¡el mundo contra Lorezo! y pagaba el pato el primero que se pusiera frente a él, y a menudo me tocó a mí aguantar el chaparrán. Aún recuerdo el día que lo encontré en un portal de la calle Urgel bañado en sus vómitos y orines...¡un horror! Fueron años terribles.


Sin trabajo, traicionado por su mejor amigo, el que había sido todo un triunfador se convirtió en una pesadilla para todos. Dejé mi consulta y reduje mi trabajo a estas horas en la seguridad social para poder estar más pendiente de él, pero Lorenzo comenzó a odiarme.

Primero me castigaba con el silencio y la indiferencia, pero pronto pasó a la agresión verbal para acabar levantándome la mano. No quiero cansarte con lo que fueron esos años hasta que un día después de un ingreso en el Clínico en situación límite, Lorenzo accedió a comenzar una cura de desintoxicación.

Ahora, después de no sé cuántos años en tratamiento y dos recaídas, Lorenzo no es ni sombra de lo que fue. Sigue sin trabajo, se pasa el día frente al televisor esperando que yo vuelva del trabajo... y yo no me atrevo a dejarle por pena, la verdad.

Siento haberte contado mis miserias, Dafne, necesitaba hablar con alguien y explicarle lo que he estado callando hasta a mí misma.

Monste está hecha un mar de lágrimas y Dafne estrecha su mano y pasa el brazo por su espalda. Parece que no todo el mundo resuelve sus crisis plantándole cara a la adversidad, piensa. Ella misma está hecha un lío y sin nada resuelto. Mientras abraza a Montse piensa que en breve se le acabará el paro y la reserva del dinero de la liquidación de su empresa.

Y hasta ahora no se ha puesto manos a la obra. Mucho observar, viajar, pero poco actuar y está convencida: nadie vendrá a buscarla a casa ni para ofrecerle trabajo, ni para tenderle una mano, ni siquiera para hacerle compañía en el infortunio.

Montse y Dafne lloran mansamente en compañía. Y las lágrimas, que por fin surgen sin freno, parece que alivian tanto como las pastillas que le ha recetado Montse. ¡Qué falta le hacía llorar! y por más que lo intentaba, ni una sola lágrima apareció en su rostro hasta poderlas compartir con una "casi" desconocida. ¡Qué malo es estar solo!


Y ahora ¿qué?, se dice Dafne al llegar a casa. El silencio del piso es aterrador por primera vez. Su casa ha dejado de ser su nido, es inhóspita, no la envuelve maternal sino que le hiela la sangre por el recuerdo de las voces de los ausentes.

El malestar aumenta y Dafne toma una de las pastillas que le ha recetado Montse para dormir. Está destemplada, hace más de una semana que no duerme toda una noche de tirón y la historia de Montse le ha dejado el cuerpo desmadejado y sin energía.

Y es que da mucha pereza, a mi edad, comenzar de nuevo, se dice a sí misma Dafne. Yo no he sido una alcohólica como Lorenzo, pero sí una workaholica, mi vida ha sido mi trabajo y lo que ahora tengo no es ni más ni menos que síndrome de abstinencia de mis viejas rutinas, mis certezas, mis creencias más firmes. Mi mundo está vuelto del revés y yo estoy a punto de enfermar huérfana de referentes, perdida en este nuevo mundo que no entiendo. Sería estupendo dejarse ir, desaparecer , desintegrarse en el universo y dejar de pensar, de sufrir, de ser... 

El sueño la vence lentamente y Dafne entra en la nebulosa del sueño inducido del que despierta doce horas más tarde con la firme creencia que debe buscar a sus iguales, debe unirse a los que como ella quieren inaugurar un nuevo mundo sin jefes, sin dependencias, en libertad.















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