viernes, 4 de julio de 2014

Presencialidad e Internet. Lo que importa es la conversación, no el canal.

Usamos una pantalla para encontrar cualquier cosa, desde un amante hasta comida, pero queremos que sean de carne y hueso. Simon Jenkins



Leo a menudo posts y artículos apocalípticos acerca de los peligros de Internet en cuanto a la pérdida de contacto con la realidad, sobre el aislamiento que puede producir la constante consulta de los dispositivos digitales y la falsedad de las relaciones a través de pantallas. A menudo, en las sesiones en las que participo sobre la internet social, muchas personas afirman orgullosas no tener presencia en ninguna red social, rechazan, incluso con una cierta dosis de agresividad, cualquier tipo de conversación que no se produzca "en presencia" y prefieren el bar al muro de facebook. 

Al parecer, da prestigio afirmar que jamás consultas facebook, no entiendes twitter (donde además sólo hay tonterías y mala educación) y no necesitas linkedIn porque ya tienes trabajo...

He oído a expertos profesionales de los recursos humanos agitar orgullosos la bandera de su analfabetismo digital, contraponiéndolo a la relación personalizada con los empleados de su organización de los que apenas saben nada, porque desconocen lo que comentan en las redes sociales.

Todo ello obedece seguramente al miedo que nos produce lo que no dominamos, a la pereza que nos da el tener que realizar un nuevo esfuerzo de aprendizaje de una tecnología imprescindible ya en el área de la comunicación y las relaciones sociales.

Y esta reticencia a incorporar lo digital a nuestros hábitos cotidianos laborales y sociales es especialmente presente en los departamentos de Recursos Humanos, anclados muchos de ellos en prácticas de medición del rendimiento y análisis del talento behavioristas, bastante más deshumanizadas que una conversación en facebook.


Deberían observar con atención lo que está sucediendo por ejemplo en la industria de la música. La práctica desaparición de los "objetos" de reproducción musical (CD's), la reducción hasta casi cero de los márgenes comerciales, ha producido dos fenómenos simultáneos y ambos tienen que ver con internet. Por un lado la transformación de la "venta" de un producto en la de un servicio (vease Spotify o ITunes) y por otro la supervivencia de la industria musical a través casi exclusivamente de las actuaciones en directo, esto es, volviendo al "cuerpo a cuerpo", de forma que internet ha provocado el incremento de la presencialidad, no su sustitución.

O deberían pensar en la reinvención del mundo del turismo y la cultura en el que la oferta se centra en la vivencia de experiencias en carne y hueso, en ofrecer "emoción" presencial e incrementar esa emoción en las páginas de fans en las que compartir con otros usuarios las experiencias comunes ampliando el recuerdo a través de el sentimiento de pertenencia a un grupo.


Profesores, escritores, oradores, se están convirtiendo en actores para "alargar" la experiencia de la lectura, sea analógica o digital, y vivimos un auge de las conferencias experienciales que persiguen emocionarnos. Nuestro ideal es asistir a una conferencia TED presencial y poder después reproducirla en YouTube para revivir la emoción del "acontecimiento" social presencial.

Así pues lo virtual y lo presencial conforman un único universo relacional en el que lo que importa es la "conversación" y no el canal.

Se nos dice que estamos abandonando la era del consumismo compulsivo por la vivencia de experiencias de todo tipo. Cuanto más tiempo pasamos consultando pantallas, más posibilidades surgen de conectar presencialmente con personas que difícilmente podríamos conocer en nuestro pequeño mundo cotidiano y con las que conseguimos un alto nivel de intimidad a través de las redes sociales antes de nuestro encuentro desvirtualizador. Ese conocimiento previo, esa conversación digital, hace que sea mucho más fácil conectar y compartir presencialmente.

Así pues, la interacción física y la virtual se acumulan, no se sustituyen la una a la otra, como afirma Manuel Castells.